sábado, 18 de junio de 2011

feliz día del padre



Hoy es sábado e imagino que en pocas horas, allá en Cuba, estarán viendo la “Película del Sábado”. Desde acá, desde Santiago, tengo antojos también de alguna película, aunque en honor a la verdad, las películas en sábado han perdido mucho de la mística que la falta de opciones hacía que tuvieran aquellas que veía, cada sábado, junto a mi padre.

En los tiempos en que me sumé al rito de la “Película del Sábado”, vivíamos en un departamento muy pequeño, antigua habitación y vestidor de una casa del vedado. Parte de mi familia ocupaba los bajos de esa casa en la calle Línea y unos vecinos ocupaban el piso alto. Nuestro departamento estaba al centro, en el entrepiso y accedíamos a él a través de un pasillo lateral de la casa principal que nos comunicaba con la escalera. Quizás no era tan diminuto, pero los muebles que teníamos en la sala eran muy inadecuados: una mesa para seis y un aparador en juego heredados de mi abuela, y dos butacones grandes y feos de color beige. A la pequeña salita, otrora vestidor, se sumaba la cocina y todos los aditamentos necesarios como el refrigerador, las latas de galleta y un garrafón de agua dispuesto en una estructura metálica que hacía más fácil el llenado de jarras (no era la época de los pomos plásticos aún). Teníamos dos libreros de madera y por supuesto, el infaltable televisor Caribe con sus patas finas y negras.

Alrededor de las 9:45 de la noche, comenzaban los preparativos. Buscábamos dos almohadas y nos acomodábamos en el piso entre los butacones, que eran corridos un poco hacia el fondo, y el televisor. En realidad, lo que lográbamos era la medida exacta para que mi padre cupiera metiendo sus grandes pies entre las patas del Caribe. Mi madre quedaba encima de uno de los butacones, pues nunca gustó de esa manía de mi abuela reglana de compensar con el piso frío los sudores de esas noches calientes de la Isla. Y así, veíamos toda la primera película, generalmente un estreno norteamericano robado por ahí, aunque entonces no sabíamos de derechos de reproducción y tantas otras hierbas.

Ya para los créditos finales, mi madre llevaba algo más de una hora durmiendo. Venía entonces el entretiempo que siempre abordaba la cartelera de la próxima semana. Y en ese momento, mi padre con entusiasmo preparaba lo que para mí resultaban unos manjares maravillosos, como ensalada de lechugas o unas arepas instantáneas envasadas en una pequeña caja y que rebosábamos con mantequilla y sirope. Comiendo eso, corría la segunda película, ya no de estreno, la que terminaba por vencerme en un sueño largo, solo interrumpido por los ruidos que hacía mi padre, ya con el televisor apagado, cuando me trasladaba cargada hacia la cama.

Con el tiempo, la “Película del Sábado” siguió estando ahí. Aún recuerdo un período en que despojaron al rito de su segunda parte y completábamos ese tiempo jugando a las cartas y apostando castigos: tomar un vaso de leche, si perdía yo, o una cebolla cruda, si lo hacía él. Cuando empecé a salir los sábados, por allá de los 14 años, la hora de llegada se circunscribía a cuando se terminara la primera película. Aún tengo la sensación de regresar a casa observando los flashes de los créditos desde alguna ventana abierta en alguna casa ajena.

Los últimos años que estuve en Cuba viví junto a mis padres. Y el sábado, veía las “Películas del Sábado”. Mañana es el Día del Padre, y a mí que no me gustan estos días, me han dado unas ganas grandes de estar en aquella casita y no en otra, comiendo arepas y acostada a los pies de un televisor grueso en blanco y negro con patas finas. Mi padre, en este momento, debe estar viendo una película en Santo Domingo junto a mi madre y sus perras, satas y cubanas. Yo tengo a mis hijos aún despiertos revoleteando por el cuarto, y escribo, mientras esquivo la retransmisión del partido de fútbol que hizo campeón al equipo de Carlos la semana pasada. Ojala fuera posible unir las dos escenas y regresarnos a ese lugar que ya no existe para nosotros, pero que fue tan nuestro, como lo siguen siendo las llamadas a diario gracias a la tecnología milagrosa que supone SKYPE y el ponernos al tanto de todas las nimiedades que van conformando lo esencial de esta vida que corre.

Tuve la suerte yo, de tener un padre, hace treinta años, como muchos de los que ahora veo en los autobuses cuando voy a buscar a mis hijos: poco autoritarios y muy cercanos. Siempre que los observo, reconozco esa complicidad y recuerdo al mío. Y por supuesto, también la reconozco en la forma diaria en que se relaciona Carlos con mis hijos.

Quiero decir felicidades a todos los buenos padres de este mundo: a Carlos, a Juanito, a Junco, a Zayas, a  Laureano, a Víctor, a Julio, al Havanero en NY, a Thayer, a Garrido, a Lichi, a Vázquez, a mi abuelo, Monchi, Márquez y  Fernando, que ya no están, a Freddy y a todos los que son realmente buenos.

Y muchas felicidades para el mejor padre que existe: el mío.

7 comentarios:

  1. Me encantó, hasta me emocionó. Feliz día a los papis lindos! Besos honey, i miss you!

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  2. !Feliz día de los padres! Y siempre pienso lo mismo: deseo a todo padre que explote la posibilidad de sentir que daría su vida -y no su bolsillo- por la de su pequeño/a. Eso que está tan claro para la maternidad.

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  3. ...siempre me queda algo en el tintero...
    !Me encanta la foto! Tere seguro que estaría despampanante, pero en esta foto tu padre se ha ganado el premio de revolucionario buenorro. je je je. Mis cariños a los dos.

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  4. Tan flaco y grande...tan cómodo mi papito.

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  5. si. Qué bonito!!... una salvedad: el mejor papá del mundo es el mío (je)

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  6. Muy... bonito-bueno-emotivo (debe existir un adjetivo para eso pero no lo conozco)

    Y esa era exactamente la mística, la de la falta de opciones.

    Gracias

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Suave con los amigos. Y a mí no me lleven recio