Tiendo a recluirme. Antes, cuando
vivía sola, pasaba largos periodos con el timbre del teléfono apagado,
no tanto para no tener que escuchar como para no tener que hablar. Luego
recibía mensajes de los míos sentenciando, con toda la razón, que
estaba cometiendo un acto de egoísmo. Soy egoísta; sí. Mucho. He
aprendido que a veces no es justo exigir que no molesten, pero hay
salidas para no sentirse molestada, aún cuando eso suponga no estar ahí
para los otros. Tiene sus costos. Hay que aprender también a no
pretender atención cuando una, por momentos, no ha estado dispuesta. Mi
madre siempre dice que con los años, le da pereza hablar. A mí también.
Hay etapas en las que me gustaría no ver a nadie conocido durante días.
Pero hay otras en las que pido a gritos alguna compañía y me invento
empatías, ahí, donde no pueden surgir.
Los
temas de siempre siguen sobre la mesa. La isla cada vez da menos
sorpresas. Murió un preso político y sin notarlo, escribí una entrada
igual a la que había escrito cuando murió otro preso político. No ha
pasado mucho por acá para cambiar de ideas, ni nada por allá que
merezca, tampoco, un giro revolucionario. Terminé archivando esa entrada
idéntica en la carpeta del computador donde queda lo que nunca saldrá.
Hablaba de la soberbia de los gobiernos. Me declaraba asqueada. Nada
nuevo aquí, ni allá: mucho meroliqueo de sueños y expectativas; puro
trueque trunco.
Apenas
he leído noticias. Debo estar adaptándome ya a los ciclos de mi nueva
morada, pues lo único que quiero es recrearme en exteriores. Hago lo
que todos hacen: salir eufórica con los tres chicos a restregar la
planta de los pies sobre el pasto y a retratarlos con las mismas poses,
en las mismas travesuras, que no por ser iguales, las dejo de disfrutar.
No quiero nada más. Menos adentrarme en ese torbellino de perspicacias
de cuarta, en ese breterismo, que luego me circunda. Tampoco se me
antoja hurgar demasiado en las causales que me llevaron ahí. Llevo toda
una vida descubriendo carencias, y siempre que resuelvo una, aparece
otra, casi igual.
Me
preocupan más, sin embargo, los pocos diálogos con una amiga; eso que
quedó al aire, que no se dijo. Conversamos hace poco las dos, como por
deber, sin llegar nunca al fondo. Sentí que percibió mi desaprobación y
yo palpé la de ella. Pero somos amigas. Y lo difícil en una amistad es
entender cuándo la pausa es necesaria. El tiempo suele diluir esos
estados de desconexión. La distancia también.
Espero.
*Imagen aquí

Charlene, todos los días visito tu blog. Tenía ganas de escribirte a un correo, buscarte de alguna forma pero pensé en ese silencio que invocabas, también en mis tiempos vacíos cuando creo que no vale la pena escribir a alguien desconocido y cerrar la puerta y abrir las ventanas. No hemos estado de acuerdo a veces y por eso creo en ti. En otros espacios visitaba una isla vacía, lo mismo diario, las mismas palabras, los mismos bretes, las mismas verdades a medias y las mismas mentiras. Sin embargo, me sorprende verte hoy en mi lista de blogs y darme cuenta que algo nos tocó al mismo tiempo y en Escarceo,la última entrada, toco el mismo tema, las palabras.
ResponderSuprimirHago lo del teléfono, escribo frente a un árbol que me aísla. Abrazo a mis retoños y hay ratos desearía llamar a mi madre, encargarlas unas horas. Callar. No sé, Charlene, quizás no nos conozcamos nunca, quizás no nos hubiéramos caído bien, pero por este medio me dan ganas de llorar cuando te leo, a veces claro, porque no todos los días uno escribe desde tantas ausencias, creo en definitiva que ahí radica nuestro mutis a ratos, en tanta gente ausente, tanto espacio distinto, tanta vida lejos. No sé.
Y perdona si te malinterpreto, un abrazo
No, para nada mujer, no me malinterpretas. A veces suelo pensar que estos medios virtuales no son como la vida misma, pero en defintiva, sí lo son. Ando en mutis, como bien dices. Pero ando bien. Es necesario a veces recluírse un poco. Un abrazo grande, Belkys. Creo que lo importante es poder decir lo que uno piensa sin tener que avasallar al otro y sobre todo, buscando los puntos de contacto más que los de desconexión. Para mí, esa fue la mejor enseñanza que aprendí en México. Ahi donde algunos veían hipocresía, porque no había mucha frontalidad, muchas veces yo encontraba respeto. Con esta amiga me pasa un poco así; tenemos que darnos nuestros tiempos y dejar que el agua corra.
ResponderSuprimirMuchas veces el silencio es una condición de respeto. Un abrazo, Chary.
ResponderSuprimirClaro que lo es, aunque cueste asumirlo. Un beso grande
ResponderSuprimirCharly, estoy bien. Rumiando recuerdos y valgan las r que se estiran y se a-rrastran por el cerebro, ladinas. Un abrazo para tus niños, cuídate mucho.
ResponderSuprimirBelkys Pulido
Qué bueno! Ya me andaba preocupando. Un beso grande,grande
Suprimir¿Cambio de look aquí también? Me gusta
ResponderSuprimirQue te entiendo bien. Y no habia encontrado el termino idoneo, y es es. Recluirse.
ResponderSuprimirUn abrazo