lunes, 23 de abril de 2012

recomendación

Desde hace un tiempo, sigo bioBlogia, un blog sobre temas de actualidad científica de un cubano, Francisco Rodríguez Chávez, profesor e investigador de la Universidad de Chile.
 
Queda totalmente recomendado, pues siempre es grato leer sobre asuntos complejos en un lenguaje ameno.


Oda al otoño


Ay cuanto tiempo
tierra
sin otoño,
cómo
pudo vivirse!
Ah qué opresiva
náyade
la primavera
con sus escandalosos
pezones
mostrándolos en todos
los árboles del mundo,
y luego
el verano,
trigo,
trigo,
intermitentes
grillos,
cigarras,
sudor desenfrenado.
Entonces
el aire
trae por la mañana
un vapor de planeta.
Desde otra estrella
caen gotas de plata.
Se respira
el cambio
de fronteras,
de la humedad al viento,
del viento a las raíces.
Algo sordo, profundo,
trabaja bajo la tierra
almacenando sueños.
La energía se ovilla,
la cinta
de las fecundaciones
enrolla
sus anillos.
Modesto es el otoño
como los leñadores.
Cuesta mucho
sacar todas las hojas
de todos los árboles
de todos los países.
La primavera
las cosió volando
y ahora
hay que dejarlas
caer como si fueran
pájaros amarillos.
No es fácil.
Hace falta tiempo.
Hay que correr por todos
los caminos,
hablar idiomas,
sueco,
portugués,
hablar en lengua roja,
en lengua verde.
Hay que saber
callar en todos
los idiomas
y en todas partes,
siempre
dejar caer,
caer,
dejar caer,
caer,
las hojas.
Difícil
es
ser otoño,
fácil ser primavera.
Encender todo
lo que nació
para ser encendido.
Pero apagar el mundo
deslizándolo
como si fuera un aro
de cosas amarillas,
hasta fundir olores,
luz, raíces,
subir vino a las uvas,
acunar con paciencia
la irregular moneda
del árbol en la altura
derramándola luego
en desinteresadas
calles desiertas,
es profesión de manos
varoniles.
Por eso,
otoño,
camarada alfarero,
constructor de planetas,
electricista,
preservador de trigo,
te doy mi mano de hombre
a hombre
y te pido me invites
a salir a caballo,
a trabajar contigo.
Siempre quise
ser aprendiz de otoño,
ser pariente pequeño
del laborioso
mecánico de altura,
galopar por la tierra
repartiendo
oro,
inútil oro.
Pero, mañana,
otoño,
te ayudaré a que cobren
hojas de oro
los pobres del camino.
Otoño, buen jinete,
galopemos,
antes que nos ataje
el negro invierno.
Es duro
nuestro largo trabajo.
Vamos
a preparar la tierra
y a enseñarla
a ser madre,
a guardar las semillas
que en su vientre
van a dormir cuidadas
por dos jinetes rojos
que corren por el mundo:
el aprendiz de otoño
y el otoño.
Así de las raíces
oscuras y escondidas
podrán salir bailando
la fragancia
y el velo verde de la primavera.


Pablo Neruda, Odas Elementales

*Imagen de Juan Yanes aquí

cocofobia



-“Hay que sacarla de aquí”- fue el diagnóstico.

La niña de siete u ocho años, llevaba ya una temporada manifestando una fobia a todo aquello que le representara un cocodrilo, ya fuese una imagen del reptil en algún programa tipo El hombre y la Tierra o unos zapatos o bolsos forrados en cuero o imitación del animalito. 

Temerle a un cocodrilo no es en lo absoluto difícil, pero despertar repetidamente en las noches producto de pesadillas relacionadas o no soportar verlo en la televisión, sí que lo era. Por eso, la madre recurrió a la sicóloga amiga un poco loca y ésta, a mediados de los noventa, llegó a esa conclusión. “El cocodrilo para la niña es Cuba”- decía. –“A lo que le tiene fobia es a Cuba”- no dejaba de repetir  riendo la sicóloga y agregaba que probablemente era porque la niña escuchaba en casa un discurso diametralmente opuesto al que tenía que repetir en la escuela. Estaba haciendo cortocircuito en sus pocos años. Nadie, quién sabe si por las ganas tremendas y manifiestas de salirse de allá, desconfió del diagnóstico.

Hoy la niña- ya una mujer- y la madre viven lejos del cocodrilo.

martes, 10 de abril de 2012

ella aquí





Hoy, y por primera vez desde que estoy en Chile, compré un ramo de flores temprano en la mañana.

Viajé con él algunos kilómetros. Mi reflejo en el vidrio de la puerta del vagón del metro, con el ramo colocado debajo de mi rostro, lucía un poco desvalido. De haber podido, habría escogido dos girasoles a medio abrir, pero solo encontré un ramo de flores amarillas que no sé cómo se llaman. Lucen bien las flores encima de la mesa, me recuerdan a mi madre renovándonos la casa con las flores del comedor.

sábado, 7 de abril de 2012

lo mejor de sus ojos


-“Mamá, ¿qué estará pensando esa mosca?- dice Santiago, mirando al bichito impertinente que hace más de media hora insiste en no abandonar la habitación.

-“Nada, hijo, las moscas no piensan”-respondo.

-"Yo creo que sí. ¿Te has fijado que lleva un rato haciendo así con las manos - y simula el gesto- como si estuviera haciendo un plan?